Domingo
1 de agosto de 2010
18º domingo de tiempo ordinario
Alfonso María de Ligorio
INICIO
Ecl 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en
generación.
Col 3, 1-5. 9-11: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo
Lc 12, 13-21: Lo que has preparado, ¿para quién será?
La 1ª lectura nos enfrenta muy
directamente con cuestionamientos que todos nos hemos hecho alguna vez, a lo mejor con más frecuencia de la deseada.
El Eclesiastés pertenece a un grupo de
libros que llamamos sapienciales.
La “sabiduría” es un amplio concepto que
puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para
desenvolverse en la sociedad. La madurez intelectual... representa una
actitud de personas y pueblos cuya finalidad es
encontrar respuestas a las grandes interrogantes y misterios de la existencia
humana.
Para la sabiduría bíblica, la realidad
y la experiencia son lugar de revelación divina, cuando el ser humano se
entrega a la reflexión y a la tarea de leer los acontecimientos en clave
“divina”. Para ello, los sabios se apoyan en la razón, muy pocas veces
recurren a la revelación o a la luz sobrenatural. Y junto a la observación de
la experiencia, la otra fuente de la sabiduría es la tradición. Serán
los últimos libros sapienciales (Eclesiástico y Sabiduría) los que incorporen
a Dios como fuente suprema de la sabiduría. La vida está regida en el fondo
por una serie de leyes, cuya causa última es Dios, por ser el creador del
mundo. Ese sentido profundo de las cosas, oculto para el hombre, es el que
hay que investigar y descubrir para adecuarse a él y
comportarse “sabiamente”.
Los sabios bblicos plantean el problema de la vida
en su acepción más universal, no centrada en el pueblo elegido. Esta
sabiduría tiene su origen en la vida del pueblo, que se va recogiendo en
forma de dichos, refranes, sentencias... este patrimonio de saber popular se
va enriqueciendo a través del tiempo y de la tradición oral, acogiendo
influencias de los pueblos limítrofes. Más tarde todo ese material básico
será reelaborado por los círculos sapienciales que le darán forma literaria y
una cierta estructura. Con frecuencia estos libros presentan formas
dialogadas, incorporando distintos puntos de vista al problema que se está
estudiando (Job, por ejemplo, Eclesiastés.).
Generalmente se piensa en el Rey Salomón
como el más fuerte impulsor y cultivador de este arte de conducirse en la
vida. La sabiduría encuentra su medio ambiente más propicio en la corte, en
la que se forman los miembros de la familia real, los futuros responsables de
la política, archivos, administración... por eso se le atribuyen a Salomón la
mayor parte de los libros sapienciales, como a David los Salmos o a Moisés el
Pentateuco.
Podemos calificar de contestatario al autor
del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición
sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y
sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos,
desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta:
“¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el
sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades
(se puede traducir también por vaciedad, sin sentido...) todo es vanidad
(1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)
Éste parece un libro muy poco religioso.
¿cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con
esa respuesta tan materialista, tan poco optimista...? O esta otra
conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el
trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues
esa es su recompensa” (5,17) es como decir
vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos...”
El autor recorre a lo
largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza,
dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el
tiempo, la muerte... buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos
en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la
muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra?
¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología,
la educación, la política, los derechos humanos...? Breve es nuestra vida
sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra
vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia
humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a
nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre
ganar el mundo entero.?”.
Con el autor, el lector sigue con fruición
ese recorrido por la existencia humana, por el devenir cotidiano, deseando
que el autor tenga éxito en su búsqueda y su respuesta tranquilice un poco
nuestro corazón sediento de verdad, de sentido en todo lo que somos y
hacemos...
Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos
a llevar...
En la época del destierro se empezó a
desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el
pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad
o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los
descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada
persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6;
Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este
principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en
la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada.
El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones,
pero ninguna definitiva ni convincente: Job es
invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su
dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo
escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes,
tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en
conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano.
Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no
atisban nada más allá de la muerte.
Este problema recibe nueva luz con las
ideas sobre la inmortalidad y resurrección que aparecen en Israel durante las
guerras macabeas (2Mac 7,9; 12,38-46; Dan 12, 2-4) y
encuentran su formulación en el libro de la Sabiduría (Sab 1-5) La revelación
del Nuevo Testamento, dará respuestas tres siglos más tarde: la solución
definitiva se ofrecerá en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el
Justo sufriente.
Por otra parte, no está mal que Qohélet nos
recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas
ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la
mentalidad de la postmodernidad: presentista, del “carpe diem”. No hace falta
que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para
encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice
la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y
en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos
hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios
creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.
Evangelio: la vida no depende de los
bienes
Va en la misma línea sapiencial que la 1ª
lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en
torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno
de estos peligros, que nos plantea este texto evangélico es el de la codicia.
A Jesús, como Maestro, se le acercan dos
hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús
sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal.
Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de
los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el
corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia
que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se
conseguirá lo segundo.
Sus palabras son magistrales: “eviten toda
clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las
que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia,
querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación,
techo... fruto de la comunión, de la solidaridad, nuevo nombre de la
justicia, eso es el Reino, la Nueva Humanidad. Pero puede ocurrir que cuando
tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos
más. Esta codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse
a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años,
descansa, come, bebe, pásalo bien...” normalmente, no hay quien pare ya el
dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la
acumulación de bienes?
La codicia de unos pocos o de unos muchos
impide el desarrollo de los pueblos, y además es contagiosa: ¿por qué se me
ocurre mirar a otros y compararme con otros para
ambicionar más cada día? ¿por qué no se me ocurre mirar a los que tienen
menos y que viven peor, para moverme a compartir con ellos? “Felices los que
tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5,
3) No ambicionar nada más de lo necesario, agradecer lo que ya tenemos, lo
que hoy se nos regala, ése es el espíritu del pobre. No son las posesiones
las que nos dan la vida. Créelo. “Yo he venido para
que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Él es nuestra
riqueza.”
Lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, sin disfrutarlo, sin compartirlo
¿de quién será? ¿para quién será? Todos conocemos personas avaras, con muchas
riquezas materiales que viven andrajosamente, sin capacidad de disfrutar lo
que tienen ¿son felices esas personas? NO. ¿Para qué vivir pendientes del tener,
y no ser capaces de ser? Pensando sapiencialmente, ¿qué beneficios nos
reporta esa actitud y esa ambición? A la altura de los tiempos actuales, esa
actitud, no sólo es «amasar riquezas para sí y no ser ricos ante Dios», sino
destrucción de la vida y del planeta. Todo lo que destruye la sociedad, la
justicia, es disfuncional, no sólo para la sociedad, y la convivencia, sino
para el «Buen vivir», para la vida. Enriquecerse en Dios, es vivir como
Jesús: vivir confiados en las manos del Padre/Madre Dios, buscar el
Reino-Utopía como lo más principal. «Lo demás vendrá por añadidura».
Enriquecerse en Dios es amasar una única fortuna: la del amor, el
favorecimiento de la vida, el descentramiento de sí mismo en favor del
centramiento en el amor, las buenas obras con los más pequeños y
desfavorecidos (Mt 6,19).
En torno a la segunda lectura
La intención de la carta a los cristianos
de Colosas es afirmar la supremacía de Jesucristo por encima de toda realidad
cósmica, terrena o supraterrena. Algunos pretendían introducir en la
comunidad ideas filosóficas sobre el mundo de los poderes angélicos, y unas
prácticas ascéticas inspiradas en ritos mágicos y mistéricos que confundían y
amenazaban con destruir el misterio de Cristo entre los creyentes. Por eso,
en el Himno Cristológico de 1,15-20 se presenta a
Jesús como Señor de toda la creación y único salvador del mundo, revelación
perfecta de la sabiduría divina, escondida durante siglos, pero revelada
ahora en el Hijo, fuente de vida espiritual para el ser humano, de quien
recibimos la plenitud.
El bautismo introduce al cristiano en la
posesión ya presente de la salvación, no como algo conseguido de manera
estática, sino en movimiento, en progreso, dinámico, en combate. El bautismo
nos une a Cristo y nos hace participar de sus riquezas: “fuimos sepultados
con Cristo y luego resucitados por haber creído en el poder de Dios que lo
resucitó de entre los muertos” (2,12)
Muertos y resucitados con Cristo debemos
buscar lo que Cristo buscó, las cosas de arriba, las cosas de dentro donde
está nuestra verdadera riqueza, la del corazón, pero también las malas
intenciones (Mt 15,19). Hay que hacer morir lo
terrenal, despojarse del “hombre viejo”. Esta renovación es espiritual
(Ef 4,23), es decir, bajo la acción del Espíritu, el
mismo que movió a Jesús en su existencia terrena. El “hombre viejo” es
egoísta, mentiroso, esclavo de sus apetencias el “hombre nuevo” es bondadoso
y compasivo, volcado y preocupado por los demás, comunitario, misericordioso,
comprensivo, hace del amor la norma de su vida para con los demás actúa de la
misma manera que Cristo ha actuado en él. Ese es el ser humano nuevo. (Ef 5,1-2). La fuente de toda moral humana es la unión con
Cristo, a la que se llega por el bautismo. Sin este fundamento, la vida será
un conjunto de recetas y normas que hay que cumplir. La nueva condición de
personas nuevas se va renovando cada día según la imagen del creador.
Dicho esto sobre esta segunda lectura, hay
que añadir una nota crítica para los fieles y los predicadores más críticos.
Este fragmento de la carta de Pablo deja un especial de boca agridulce, pues
junto a la atracción espiritual que producen en conjunto sus palabras, sus
imágenes dejan una profunda insatisfacción: arriba/abajo, los bienes de
arriba/los bienes de abajo, aspirar a los bienes de arriba y no a los de la
tierra... Ese claro dualismo de fondo, esa esquizofrenia espiritual que quiere
hacernos creer que estamos en esta tierra (abajo) desterrados, caídos de
nuestro verdadero mundo, el mundo de arriba, al que tenemos que aspirar a
volver, en el que seremos de nuevo manifestados en gloria tras nuestra muerte
es una visión de fondo, un supuesto que se cuela en las palabras de Pablo
como «de rondón», sin siquiera ser mencionado, como una evidencia de fondo
que ni siquiera hay que tematizar y discutir... Muchas personas con
mentalidad realmente «de hoy», se sienten mal ante estos textos, y muchas
veces ni siquiera pueden reaccionar en el nivel consciente, porque no
descubren contra qué palabras explícitas podrían reaccionar, pero siguen
sintiéndose mal.
Textos que ya van para dos milenios de
antigüedad, y que llevan dentro -como una droga escondida no declarada- el
platonismo del ambiente helenista en el que fueran concebidos y expresados,
no son buenos para vehicular un mensaje que ha de ser entregado en la rapidez
de una liturgia que no permite mayores esclarecimientos hermenéuticos. Tal
vez mejor sería no abordarlos cuando no van a ser bien abordados. Pero en
todo caso, los oyentes actuales tienen derecho a que los predicadores
inteligentes digan una breve palabra que les tranquilice ante posibles
malestares interiores. El mismo Pablo, misionero apasionado, sería el primero
que hoy se quejaría de sus palabras no sean purificadas del dualismo
platónico que él mismo respiró en su ambiente helenista pero que hoy es
absolutamente inaceptable en nuestra visión moderna y ecocéntrica.
Para
la revisión de vida
¿Te produce satisfacción tu trabajo? ¿Encuentras sentido en lo que haces y
vives? ¿Cómo vives tus afanes en el trabajo, en todo lo que realizas a lo largo del día?
¿Qué haces para despojarte del hombre viejo: el egoísmo, la envidia, la
mentira... y revestirte de las actitudes de Jesús: bondad, amor,
misericordia, comprensión...? ¿Cómo vas renovando en ti la imagen de tu
creador día a día?
¿Te sientes apegado a tus bienes, pocos o muchos, los que tengas...? ¿Qué
quieres hacer con ellos? ¿Cómo puedes hacerte rico en Dios?
Para
la reunión de grupo
- Leer no sólo el texto propuesto en la Liturgia para este Domingo, procurar
leer algo más del libro de Qohélet y compartir las respuestas personales al
problema que se plantea el autor: ¿qué saca el hombre de todo su trabajo, de
los afanes con que trabaja bajo el sol? ¿Pensamos que la vida es vaciedad sin
sentido? ¿Qué sentido damos a nuestra vida?
- El dualismo platónico (un mundo de arriba y otro de abajo, uno espiritual y
otro terrenal, esa aspiración hacia el mundo de arriba espiritual huyendo del
mundo de abajo material...), ¿forma parte del cristianismo, o es sólo un
elemento cultural helenista en el que nos viene envuelto el mensaje de Pablo?
¿Se puede ser cristiano y no ser platónico ni dualista? ¿Se puede expresar el
mismo mensaje con otras imágenes, y con negación explícita del dualismo?
Para
la oración de los fieles
- Para que todos los que formamos la Iglesia, vivamos con fuerza nuestro
bautismo, lo renovemos cada día y vayamos despojándonos de la vieja condición
humana y sus actitudes, roguemos...
- Movidos por el Espíritu de Jesús pidamos fuerza para no dejarnos llevar por
la codicia, antes bien promovamos la justicia, el compartir. Que sepamos
afanarnos por acumular los bienes que merecen la pena y que nos hacen más
felices a nosotros y a los que nos rodean. Roguemos...
- Que el Señor nos conceda un corazón dócil a su Palabra, como el de María
nuestra Madre, que pone por obra aquello que escucha, roguemos...
- Por los que más sufren entre nosotros, por cualquier motivo: hambre,
persecución, enfermedad, mentira... que puedan contar con nuestro apoyo y
ayuda desinteresada, roguemos...
- Siempre es necesario pedir a nuestro Dios nos regale el don de la paz: a
cada persona, a cada grupo, familia, a las naciones. Que sea posible la
superación de las guerras, los odios, divisiones entre los humanos, por medio
del diálogo, el entendimiento, la mansedumbre y la práctica de la justicia,
roguemos...
Oración
comunitaria
Líbranos Señor de toda codicia.
Concédenos Señor un corazón sencillo,
que no ambicione más allá de lo que necesitamos
que sepa agradecer lo que ya tenemos,
lo que cada día nos regalas Tú y nuestros hermanos.
Confesamos que sólo Tú eres nuestro verdadero tesoro,
Y en tus manos amorosas queremos vivir confiados.
Que no nos cansemos de vivir así, buscando primero y ante todo el Reino.
Padre, que tu Espíritu nos haga cada vez más amantes de la Vida y del Amor
que la favorece.
Colaboración del Servicio Bíblico Latinoamericano
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